OPINIÓN * WASTE MAGAZINE
SENDERO INTERIOR
Por JUAN GALLARDO TERUEL
Escritor, músico,
consultor en Pedagogía
LA VERDADERA TRAGEDIA
... Comprenderás que la luz —esa que tanto veneramos—
nunca fue más que una ilusión eléctrica: un modo elegante de
ocultar la sombra.
Prometo, querido lector, ponerte delante un espejo.
Y te aseguro que en alguna palabra verás tu reflejo, aunque no
quieras admitirlo, y reconocerás ese reflejo en la línea que te
ofenda.
Cuando te digo que el mal ya no llega desde fuera.
Cuando te repito que no hay ejércitos, ni fronteras, ni dioses
castigadores.
Cuando te advierto que ya nadie necesita imponerte nada.
Te agachas tú solo. Eres tú quien abre la puerta.
En otro tiempo imaginábamos que una fuerza superior nos
esclavizaría en un mundo virtual —Matrix, Terminator…—.
Temíamos despertar en una prisión invisible creada por otros.
Seguro que lo recuerdas.
El gran error de la ciencia ficción del siglo pasado fue suponer
que alguien nos forzaría.
No previó que caminaríamos voluntariamente hacia ese lugar,
fascinados por su brillo, entregando nuestra atención como
ofrenda.
No imaginó que la cárcel la levantaríamos nosotros mismos, piedra
a piedra, alrededor de nuestra propia mente.
Creíste que alguien o algo nos silenciaría: los robots, los
fascistas, los dictadores, los extraterrestres…
Y sin embargo, somos nosotros quienes estamos borrando nuestra
voz.
“¡Que lo escriba ChatGPT!”, decimos, mientras el pensamiento se
disuelve en la comodidad.
No necesitamos que nos ataquen los marcianos ni que destruyan el
planeta: ya lo destruimos nosotros.
Somos ya nuestros propios nazis y nuestros propios comunistas.
Somos los extremos que hace cinco minutos nos causaban terror.
Cuando te recuerdo que ya defiendes a tu mentiroso favorito, y
mides la verdad a la medida de sus mentiras. Cuando te aseguro que
unas vidas te importan más que otras.
Cuando enumeras tragedias con un “pero” entre ellas en lugar de
una “y”.
Cuando defiendes el genocidio más tolerable.
No hace falta que nos odien: ya nos odiamos solos.
Ya defendemos lo indefendible.
Ya abrazamos la ignorancia con orgullo.
Nadie podía imaginar que la pornografía infantil sería creada por
los propios niños.
Que se exhibirían por costumbre, no por coerción.
Que buscarían el aplauso como quien busca aire.
Que el cuerpo se convertiría en moneda y la mirada en mercado.
Ya no va haciendo falta matar a niños: se matan ellos.
Se torturan, se mutilan, se castran por voluntad propia.
El prisionero ahora diseña su celda, la ilumina con filtros, la
llena de música y la llama libertad.
Hemos confundido la conexión con el contacto, la visibilidad con
el amor, la distracción con la vida.
Cuando premiamos la mediocridad que mejor refleja nuestra miseria
íntima.
El verdugo ya no existe: somos nosotros, multiplicados y
satisfechos, infligiéndonos daño con la misma ternura con que
antes curábamos heridas.
Las celdas son ventanas digitales del tamaño de un paquete de
tabaco —aquellos que tanto daño hacían—.
Ese espejo que tienes delante. Ahora mismo.
Cada clic, una rendición. Le entregas hasta tu intimidad más
absoluta.
La tragedia no es lo que nos pase.
La tragedia es lo que nos hacemos.
Recordarte que no hará falta que nos destruyan.
Lo haremos nosotros, lentamente, dulcemente, por comodidad, por
miedo a sentir, por cansancio de existir.
Los futuros holocaustos serán suicidios.
Ya lo son.
Silenciosos, digitales, voluntarios.
La muerte no vendrá de fuera, sino desde el centro mismo de la
especie.
Nos apagaremos como pantallas que aún creen estar encendidas.
Y en ese apagarse, comprenderás que la luz —esa que tanto
veneramos— nunca fue más que una ilusión eléctrica: un modo
elegante de ocultar la sombra.
La misma sombra que estás proyectando sobre ti, justo
en este momento.
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