Foto: Thom Yorke en el estreno mundial de OK Computer. J. E.
Gómez * Waste Magazine * IndyRock Magazine
OPINIÓN * WASTE MAGAZINE
SENDERO INTERIOR
Por JUAN GALLARDO TERUEL
Escritor, músico,
consultor en Pedagogía
LA DECEPCIÓN QUE NO FUE
Cuando Radiohead destrozó conceptos y a nosotros, quizá, nos
crezcan alas.
Recuerdo con nitidez aquel 1997 en que
OK Computer vio
la luz. Yo ya era un fan absoluto de Radiohead, pero ese disco
arrasaba con todo lo anterior: era una obra maestra que parecía
demasiado vasta para abarcarla de golpe. Y, sin embargo,
Let
Down, en medio de esa constelación, apenas consiguió
encender en mí un resplandor parcial.
Había un instante —apenas un verso—: “
One day I’m gonna grow
wings, a chemical reaction, hysterical and useless”. Ese
destello se abría como una herida luminosa en el corazón. No
entendía del todo esa absurda esperanza de que una reacción
química pudiera hacerme crecer alas, pero me conmovía como imagen,
como sueño, como un verso arrancado de un poema sin contexto. Y,
pese a ello, la canción en conjunto no terminaba de cumplir. El
estribillo —“
Let down and hanging around…”— me parecía,
en sí mismo, decepcionante. Una tres estrellas dentro de un álbum
de cinco, eclipsada entre gigantes como Exit Music o Karma Police.
Pero la canción siguió latiendo en algún rincón del subconsciente.
Recuerdo haber insertado la palabra hysterical en una letra mía
sin sentido alguno, un eco lejano de Let Down.
“Hysterical and Useless” —traídas de aquella canción—
acabaría sirviendo incluso como título de un libro biográfico
sobre Radiohead. Como si esa joya escondida siguiera pulsando en
el subconsciente colectivo.
Pasaron los años. Volví a ella, y por alguna razón la subí a
cuatro estrellas en mi cuenta de Apple Music, reconocí su belleza
con más madurez y, aun así —ya van dos “aun así”— algo le seguía
faltando para considerarla un milagro. Hasta que, casi por azar,
apareció en TikTok hace un par de meses, y ahí la canción resucitó
con fuerza inesperada: adolescentes de ahora detenidos, igual que
yo casi treinta años antes, en ese preciso momento de ascenso, en
las tres repeticiones frágiles y desgarradas de “
I’m gonna
grow wings”. Verlos estremecerse en la misma grieta donde
yo me estremecí me partió el corazón con alegría.
Será que la música no se recibe de una vez para siempre: germina
como una semilla en el tiempo. Algunas canciones brotan al
instante; otras permanecen dormidas hasta que nuestras
experiencias las despiertan. La percepción cambia con nosotros, y
lo que en la juventud parecía tibio en la madurez se convierte en
revelación.
Let Down siempre tuvo grandeza; lo que
faltaba era mi propia vida, las heridas necesarias para
reconocerla. Y ahora, cuando el eco colectivo de las redes
sociales pone una lupa sobre ese verso y lo repite como un mantra,
descubro que no era yo solo: ese punto de quiebre estaba destinado
a ser el corazón compartido de la canción.
Ahí hay otra lección: si alguna vez creíste ser un elegido por
sentir la música de forma única, recuerda que el gozo es aún mayor
cuando se vuelve común. La belleza de
Let Down no está
solo en sí misma, sino también en su recorrido: en la paradoja de
sentir dolor por el tiempo perdido y, al mismo tiempo, la certeza
de que aquel instante sigue vivo, intacto, sostenido ahora por
nuevas generaciones. Pese a los años y a las distancias, seguimos
deseando lo mismo, seguimos buscando crecer alas aunque sepamos
que nunca volaremos del todo.
Y es así, como es mi costumbre, que extiendo la reflexión de unos
pocos segundos de una canción hacia el presente que observamos con
horror. Es así como encuentro, al fin, el contexto que le faltaba
a aquel verso poético que me golpeaba desde su abstracción hace
casi treinta años.
Tal vez sí. Tal vez consigamos que nos crezcan esas alas y seamos
seres humanos una vez más. Lo decía el inmenso Franco Battiato en
Pobre patria, en la versión que (no me falle la memoria) tradujo
Manolo García:
Esperamos que el mundo vuelva a cotas más normales,
Que pueda contemplar con calma el cielo,
Que no se hable más de dictaduras.
“Nada cambiará”, decía Battiato… y, sin embargo, en la misma
canción se atrevía a rectificar, a dejar abierta la esperanza.
En estos tiempos tan horrorosos, en los que al genocidio se le
llama estrategia geopolítica y se asesina a comentaristas en
debates universitarios, es casi revolucionario —y hermoso, muy
hermoso— ver a personas que desde las antípodas ideológicas tienen
el valor de dialogar, muy superior al valor de unirse a sus coros
tribales, abrazar el acto revolucionario de tender la mano y
conectarse, compartir sentimientos. Tal vez podamos soñar juntos
de nuevo. Tal vez nos crezcan alas.
Una reacción química, por favor.
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