Foto: Puesta de sol en el mar de Alborán. J. E. Gómez * Waste
Magazine
OPINIÓN * WASTE MAGAZINE
SENDERO INTERIOR
Por JUAN GALLARDO TERUEL
Escritor, músico,
consultor en Pedagogía
LA PROFUNDIDAD DE LO INEQUÍVOCAMENTE REAL
Un viaje hacia la verdad desnuda.
Hay una impresión generalizada, y es algo que he confirmado a lo
largo de mi vida, que quienes vivimos sin vincularnos a una
religión establecida habitamos un mundo reducido, despojado de la
“magia” que la fe proporciona. Yo lo veo de otro modo. La búsqueda
de sentido —ya sea a través de la escritura sagrada, la filosofía
o la ciencia— ha sido siempre una empresa profundamente humana, y
en ese esfuerzo hay dignidad. Donde la fe deposita su confianza en
el misterio, yo la deposito en el conocimiento, en la curiosidad y
en la búsqueda de la verdad.
Y, sin embargo, no toda pregunta exige respuesta. Algunas se
disuelven en absolutos. El amor, por ejemplo, está más allá del
interrogante. No me pregunto por qué amo a mi hija, ni por qué la
compasión me une a la humanidad. El amor es en sí mismo la razón,
inexpugnable y total. De este modo, el amor no se opone al
conocimiento, sino que se alza a su lado como el fundamento
indiscutible de nuestro ser.
Nuestras acciones, además, hablan con más fuerza que nuestras
creencias. Muéstrame cómo vives, cómo sirves, cómo cuidas: eso es
más verdadero que cualquier credo. El comportamiento es la
escritura que trazamos con nuestras propias manos.
Pero más allá incluso del amor y de la acción se abre un horizonte
tan vasto que empequeñece cualquier relato que hayamos contado: la
realidad misma. El universo, con sus infinitas posibilidades, es
más prodigioso de lo que podemos imaginar. Mira hacia arriba y
hacia afuera: la inmensidad del cosmos, estrellas que nacen y se
extinguen a lo largo de miles de millones de años luz, galaxias
que colisionan en una majestuosidad silenciosa. Mira hacia adentro
y hacia abajo: el mundo cuántico, donde las partículas aparecen y
desaparecen, donde la certeza se disuelve en probabilidades, donde
la misma materia palpita con extrañeza. Entre estas inmensidades
transcurre nuestra vida. Y dentro de nosotros, el número de cosas
que podría elegir hacer en el próximo minuto supera al número de
átomos del universo. Cada uno de nosotros lleva consigo un poder
inconmensurable, una libertad que ninguna ley de la naturaleza
puede contener por completo.
Es aquí donde se revela el papel único del arte. La ciencia
descubre las estructuras de la realidad: hallazgos como la
relatividad esperaban pacientemente a que alguien los encontrara,
como constelaciones aguardando reconocimiento. Pero el arte es
distinto. La Séptima Sinfonía de Beethoven no estaba esperando a
ser descubierta; sin él, jamás habría existido. Donde el
conocimiento revela lo que es, el arte trae a la existencia lo que
de otro modo jamás sería. Esta es la otra faz de la posibilidad
humana: no solo la capacidad de comprender el universo, sino de
crear nuevos universos de sentido en su interior.
En este continuo, la religión también tiene su lugar. Sus relatos
pueden no resistir la prueba de la verdad literal, pero poseen un
peso simbólico, apuntando a misterios que no se pueden descartar.
En el lenguaje de la moral, en la llamada a la justicia y a la
compasión, la religión señala verdades más hondas que su valor
superficial. Como la ciencia y el arte, es otro intento de
alcanzar lo que nos desborda.
Y así regreso a la maravilla de la realidad misma. El cosmos con
su grandeza, el mundo cuántico con sus paradojas, la mente humana
con su poder tanto para descubrir como para crear: juntos forman
un misterio mayor que cualquier mito, mayor que la escritura
sagrada, mayor incluso que la imaginación. Encontrarse con ello
con honestidad, sin disfraces ni reducciones, es descubrir el
único lenguaje lo bastante vasto como para unirnos: la verdad.
Honrar la realidad tal como es: eso basta como reverencia.
Museo del Prado. J. E. Gómez, Waste Magazine
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