PAISAJES Y BIODIVERSIDAD
EXPLOSIÓN DE COLOR EN UNA PRIMAVERA DE ‘AGUAS MIL’
La flora tiñe de verdes, amarillos, rojos y azules los paisajes
quebrados por la sequía
Un año de lluvias persistentes dispara la biodiversidad
vegetal en el sureste
Del litoral a la alta montaña: la primavera se expande en
todos los niveles ecológicos
Un manto vegetal en expansión
La combinación de lluvias persistentes en el sur de Europa durante
gran parte del invierno genera una explosión de vida vegetal casi
inédita tras años de sequía. No se trata de la aparición de nuevas
especies, sino del crecimiento masivo de plantas ya presentes en
el territorio, que ahora colonizan el paisaje con una intensidad
excepcional.
JUAN ENRIQUE GÓMEZ Y MERCHE S. CALLE * WASTE MAGAZINE
Masas de
Ononis natrix, conocidos como garbanceros, con
pequeñas flores amarillo-anaranjadas, crecen en forma de
matorrales almohadillados entre un denso tapiz de
Medicago,
de hojas trilobuladas y flores diminutas. A ellas se suman
cepillitos rastreros que compiten por el suelo con una profusión
vegetal en la que destacan las flores rojas y azuladas de
Echium,
las viboreras.
Sobre este mosaico emergen tallos de moricandias moradas,
jaramagos y lechuguillas dulces, de aspecto margariteño, que
buscan la luz en un entorno ahora convertido en un gran tapiz
vivo. El litoral del sureste andaluz ha pasado del ocre y el gris
al verde intenso, hasta el punto de alterar la percepción del
propio paisaje.
Semillas dormidas y suelos activados
Las lluvias no han introducido nuevas especies, pero sí han
activado bancos de semillas latentes en suelos alterados por la
actividad humana y la cercanía del mar. En los deltas que
desembocan en Alborán, el paisaje se llena de flora espontánea,
adaptada a suelos salinos y condiciones extremas, que germina con
fuerza tras la saturación hídrica.
En los humedales costeros, este año especialmente cargados de
agua, el tapiz vegetal incluye extensas colonias de iris amarillos
que colonizan charcas y bordes de lagunas, consolidando paisajes
de alta densidad floral.
Campos, cunetas y agricultura: la primavera ruderales
Muchas de estas especies son ruderales, propias de bordes de
caminos, cunetas y terrenos abandonados. Cada primavera, el
paisaje se tiñe de amarillo por millones de jaramagos, una imagen
habitual en entornos periurbanos y suelos sin cultivar que este
año se ha intensificado de forma notable.
También los campos de cereal han respondido al incremento hídrico.
Trigales, cebadas y avenas muestran espigas más densas, entre las
que emergen manchas de amapolas en rojos, rosas y blancos,
configurando una imagen recurrente en los altiplanos que conectan
Granada y Almería con el interior peninsular.
En Jaén, entre los olivares, el sotobosque agrícola se enriquece
con margaritas, manzanillas, malvas, esparragueras, borragas,
asfódelos y verdolagas, que aprovechan la protección del olivar
para completar su ciclo vital.
La montaña baja: recuperación del bosque mediterráneo
En la baja montaña del sureste, la primavera se traduce en una
recuperación visible del verde en bosques y sotobosques. Las
coníferas, debilitadas por sequías y plagas, muestran una
respuesta positiva al aumento de humedad, prolongando su actividad
vital.
En los bordes forestales destacan las jaras en flor, con tonos
blancos y rosados, mientras en las laderas aparecen las varas
floridas de los asfódelos. En el interior del bosque, quejigos y
encinas recuperan el verde de sus hojas y desarrollan nuevos
racimos florales.
Orquídeas ibéricas: la floración más delicada
En el suelo del bosque y en espacios umbríos se despliega una de
las floraciones más singulares del ciclo primaveral: las orquídeas
ibéricas. Entre musgos, acículas de pino y suelos húmedos aparecen
especies como
Ophrys lutea, de tonos amarillos, y
Ophrys
speculum, más oscuras y con reflejos metálicos en sus
estructuras florales.
Aunque suelen vivir en poblaciones reducidas, en años de alta
pluviosidad pueden tapizar extensas superficies. Algunas especies,
como las orquídeas abejeras, destacan por la forma de sus labelos,
que imitan insectos en vuelo, convirtiéndose en objetivo de
botánicos y fotógrafos.
Las sierras de Cazorla, Segura y Las Villas, junto con la baja
montaña granadina y almeriense, ofrecen algunos de los mejores
enclaves para su observación.
Altitud y nieve: la primavera tardía
Por encima de los 1.500 metros, la primavera aún no ha desplegado
su potencial. El paisaje muestra un despertar lento del matorral,
marcado por el verde progresivo del territorio y la espera de
floraciones más intensas a partir de mediados de abril.
En Sierra Nevada, la acumulación de nieve anticipa una primavera
tardía pero explosiva. Los ecosistemas de alta montaña,
alimentados por grandes reservas hídricas, podrían ofrecer en
junio una de las floraciones más intensas del año, especialmente
en los borreguiles, que se transformarán en praderas densas con
puntos de color blanco, amarillo, rojo y azul.
Las ciudades y la naturaleza oportunista
En entornos urbanos, jardines y solares reaccionan al exceso de
agua con una colonización masiva de especies oportunistas.
Tréboles, ortigas, senecios, gallinitas y otras plantas
ruderalizadas ocupan parterres y macetas con rapidez.
El trabajo de mantenimiento urbano se intensifica, en un intento
de contener lo que se sigue denominando “malas hierbas”, aunque
desde el punto de vista ecológico representan una respuesta
natural al exceso de recursos. Esta primavera, todas ellas
completarán su ciclo con mayor éxito que en años anteriores.
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