Presa histórica de Bácor en el río Cubillas, Granada, España.
Foto: J. E. Gómez * Waste Magazine
¿Pueden
las antiguas presas de Europa adaptarse al cambio climático?
Durante gran parte del siglo pasado, la energía hidroeléctrica fue
considerada una de las fuentes de energía más fiables de Europa. La
lluvia y el deshielo alimentaban los ríos, los embalses almacenaban
agua y las turbinas podían ponerse en marcha siempre que se
necesitara electricidad. El sistema nunca fue completamente
predecible, pero su funcionamiento se basaba en patrones
estacionales relativamente estables.
Esos patrones están dejando de ser fiables. Los inviernos más
cálidos están alterando el momento en que la nieve se acumula y se
derrite; los periodos prolongados de sequía están reduciendo el
caudal de los ríos en distintas regiones del continente y las
lluvias torrenciales pueden enviar grandes volúmenes de agua a los
embalses en muy poco tiempo. Una presa diseñada según las
condiciones hidrológicas de la década de 1950 puede estar operando
hoy en un escenario que sus ingenieros originales nunca llegaron a
prever.
Eso no significa automáticamente que la infraestructura
hidroeléctrica europea haya quedado obsoleta. Lo que sí implica es
que la adaptación ya no puede limitarse a reparaciones ocasionales.
Los operadores deben replantearse cómo se supervisan las presas,
cómo se gestionan los embalses y, en algunos casos, si determinadas
infraestructuras deberían seguir existiendo.
Infraestructuras antiguas frente a un clima cada vez menos
predecible
Las presas europeas presentan enormes diferencias en cuanto a
antigüedad, tamaño y finalidad. Algunas generan electricidad,
mientras que otras abastecen de agua, permiten el riego agrícola,
ayudan a controlar las inundaciones o cumplen varias de estas
funciones a la vez. Muchas llevan décadas en funcionamiento, lo que
convierte el mantenimiento en un aspecto fundamental para su futuro.
El cambio climático añade una nueva capa de complejidad. Las
inspecciones y los programas de mantenimiento basados principalmente
en condiciones históricas pueden dejar de detectar riesgos
emergentes. Las lluvias más intensas ejercen mayor presión sobre los
aliviaderos y los sistemas de control de inundaciones situados aguas
abajo. Las sequías prolongadas reducen el agua disponible para
generar electricidad, mientras que la alternancia entre periodos
extremadamente secos y lluviosos dificulta la planificación de los
embalses.
La supervisión moderna permite detectar estos cambios con mayor
rapidez. Los sensores pueden controlar el nivel del agua, las
filtraciones, los movimientos estructurales, la acumulación de
sedimentos y el rendimiento de los equipos. Como toda esta
información se recopila y transmite cada vez más por medios
digitales, la ciberseguridad también pasa a formar parte de la
protección de estas infraestructuras. Por ello, los responsables de
su gestión deberían conocer cómo las conexiones cifradas protegen
los datos transmitidos a través de redes públicas, y obtener
más
información sobre las VPN en el sitio web de ExpressVPN.
Una VPN es solo una pieza dentro de la seguridad digital, pero el
principio es aplicable: las infraestructuras conectadas necesitan
comunicaciones seguras además de hormigón resistente y turbinas
fiables.
El objetivo no es convertir todas las presas en instalaciones
completamente automatizadas. El criterio humano sigue siendo
esencial, especialmente cuando la producción de electricidad, la
protección frente a inundaciones y las necesidades ecológicas
compiten por el mismo recurso. Disponer de mejores datos simplemente
permite tomar decisiones con una visión mucho más precisa de la
situación.
La adaptación empieza por el agua, no por la maquinaria
Cuando se habla de modernizar la energía hidroeléctrica, la atención
suele centrarse primero en las turbinas y los generadores. Renovar
equipos antiguos puede aumentar la eficiencia y permitir que una
central produzca más electricidad con el mismo volumen de agua. Las
turbinas diseñadas para operar en un rango más amplio de caudales
también ofrecen un mejor rendimiento cuando las condiciones del río
fluctúan.
Sin embargo, la adaptación más importante puede producirse en el
propio embalse. Muchas presas fueron construidas siguiendo reglas de
operación basadas en patrones históricos de precipitación, deshielo
y demanda estacional. Esas reglas quizá deban volverse mucho más
flexibles.
Un embalse podía mantenerse tradicionalmente bastante lleno en una
época del año determinada porque los operadores esperaban un aporte
gradual del deshielo primaveral. Si las temperaturas más altas
adelantan el deshielo o se prevén lluvias intensas, mantener el
mismo volumen de agua puede reducir el espacio disponible para
absorber una crecida repentina. Durante una sequía, ocurre lo
contrario: liberar demasiada agua al inicio de la temporada puede
dejar reservas insuficientes para los meses posteriores.
La gestión basada en previsiones meteorológicas ofrece una respuesta
práctica. Al combinar pronósticos meteorológicos, mediciones de
caudal y modelos hidrológicos, los gestores pueden ajustar las
descargas con mucha mayor frecuencia en lugar de depender
exclusivamente de calendarios estacionales fijos. Esto no elimina la
incertidumbre, pero sí mejora las decisiones sobre cuándo almacenar
agua, producir electricidad y reservar capacidad para el control de
inundaciones.
La energía hidroeléctrica tiene un nuevo papel en la red
eléctrica
Las centrales hidroeléctricas europeas más antiguas fueron
concebidas principalmente para generar electricidad, no para
compensar la producción variable de la energía solar y eólica. Hoy,
precisamente esa flexibilidad se está convirtiendo en una de sus
mayores fortalezas.
Los paneles solares producen principalmente durante las horas de
luz, mientras que la generación eólica puede aumentar o disminuir
rápidamente. La energía hidroeléctrica con embalse puede responder
con relativa rapidez cuando la red necesita electricidad adicional.
Las centrales de bombeo van incluso un paso más allá: utilizan
electricidad para elevar agua hasta un embalse superior cuando hay
un exceso de producción y la liberan posteriormente a través de
turbinas cuando aumenta la demanda.
Este nuevo papel convierte a las presas existentes en activos
estratégicos incluso cuando su producción anual de electricidad es
relativamente modesta. Una central capaz de responder en el momento
adecuado puede aportar más valor a una red dominada por las energías
renovables que otra que simplemente genere una cantidad constante de
electricidad.
Para quienes deseen profundizar en los fundamentos de esta
tecnología, nuestro artículo
«Energía
a través de la potencia del agua, energía hidráulica»
explica cómo el agua en movimiento o almacenada se transforma en
electricidad. El desafío climático parte precisamente de esa base:
Europa necesita ahora instalaciones hidroeléctricas capaces de
operar de forma eficiente en un abanico mucho más amplio de
condiciones, al tiempo que respaldan un sistema eléctrico que cambia
prácticamente de una hora a otra.
La modernización de las instalaciones existentes puede marcar la
diferencia. Los nuevos sistemas de control permiten ajustar la
producción de las turbinas con mayor precisión, mientras que los
generadores renovados pueden mejorar el rendimiento sin necesidad de
construir una presa nueva. En algunos emplazamientos, los embalses
actuales también pueden adaptarse para incorporar sistemas de
almacenamiento por bombeo, aunque su viabilidad dependerá de la
geografía, del impacto ambiental, de la disponibilidad de agua y de
los costes asociados.
Sedimentos, ecosistemas y los límites de la ingeniería
La adaptación no puede evaluarse únicamente por la cantidad de
electricidad que produce una central. Las presas interrumpen el
movimiento natural de los peces, de los sedimentos y de los
nutrientes. También modifican la temperatura del agua, transforman
los hábitats y alteran las características de los ríos, incluso a
muchos kilómetros aguas abajo.
El cambio climático puede intensificar algunos de estos efectos. Los
caudales más bajos dificultan mantener suficiente agua para los
ecosistemas acuáticos, especialmente cuando los embalses también
deben abastecer a la agricultura, las ciudades y las centrales
eléctricas. Al mismo tiempo, las lluvias intensas pueden transportar
grandes cantidades de sedimentos hasta los embalses, reduciendo su
capacidad de almacenamiento y afectando al funcionamiento de las
turbinas.
Existen soluciones técnicas para afrontar estos desafíos. Los pasos
para peces pueden facilitar la migración de ciertas especies. Los
caudales ecológicos ayudan a garantizar una cantidad mínima de agua
río abajo. Los sedimentos pueden desviarse, evacuarse o extraerse
mediante métodos mecánicos. Además, las turbinas pueden rediseñarse
para minimizar los daños a los peces que las atraviesan.
Sin embargo, ninguna de estas medidas funciona de forma universal.
Un paso eficaz para peces en un río puede resultar poco útil en
otro. La eliminación de sedimentos puede resultar costosa y generar
impactos ambientales propios. Del mismo modo, establecer caudales
ecológicos durante una sequía severa plantea inevitablemente
preguntas difíciles sobre cómo repartir un recurso hídrico limitado
entre distintas necesidades.
Por eso la adaptación debe estudiarse caso por caso. La cuestión no
es únicamente si una presa antigua puede modernizarse, sino si esa
modernización aportará un beneficio público suficiente como para
justificar sus costes económicos y ecológicos.
Algunas presas deben adaptarse. Otras deberían desaparecer.
Europa alberga miles de barreras fluviales que ya no cumplen la
función para la que fueron construidas. Algunas están abandonadas,
presentan un deterioro estructural considerable o han dejado de
tener utilidad económica. Otras son pequeños azudes, más bien presas
destinadas a producir electricidad, pero siguen fragmentando los
ríos e impidiendo el movimiento natural de la fauna y de los
sedimentos.
La eliminación de estas barreras puede restaurar la continuidad de
los ríos y reducir la carga de mantenimiento asociada a
infraestructuras obsoletas. España se ha convertido en uno de los
referentes europeos en este ámbito. El reportaje de RTVE sobre
cómo
España se ha convertido en un referente en la demolición de
presas describe tanto el grado de fragmentación de los
ríos españoles como los esfuerzos para eliminar aquellas barreras
que ya no prestan un servicio útil.
La demolición de presas no debe interpretarse como un abandono de la
energía hidroeléctrica. Más bien representa una forma de diferenciar
entre infraestructuras que siguen aportando valor y estructuras que
generan impactos ecológicos sin ofrecer beneficios relevantes en
términos de energía, abastecimiento de agua o control de
inundaciones.
La estrategia más sensata es, por tanto, selectiva. Las
instalaciones productivas pueden modernizarse, supervisarse con
mayor detalle y operar con mayor flexibilidad. Las barreras
obsoletas pueden retirarse. Y aquellas infraestructuras con un
elevado impacto ecológico pueden requerir importantes actuaciones de
restauración, incluso si siguen en funcionamiento.
El futuro depende de mejores decisiones, no simplemente de presas
más nuevas
Es poco probable que Europa afronte sus desafíos energéticos y
climáticos construyendo grandes presas allí donde aún exista un río
adecuado. Muchos de los emplazamientos más favorables ya han sido
aprovechados, mientras que las consecuencias ambientales y sociales
de construir nuevos embalses resultan cada vez más difíciles de
justificar.
La mayor oportunidad radica en aprovechar con inteligencia la
infraestructura existente. Eso implica sustituir equipos
ineficientes, mejorar los sistemas de predicción, reforzar los
aliviaderos cuando sea necesario, proteger los sistemas digitales y
coordinar la gestión de los embalses teniendo en cuenta las
necesidades energéticas, hídricas y ecológicas.
También exige aceptar que adaptarse no siempre implica conservar. El
hormigón puede reforzarse y las turbinas pueden reemplazarse, pero
una presa antigua no debería mantenerse indefinidamente solo porque
su demolición implique un cambio.
El sistema hidroeléctrico europeo fue diseñado para un clima
distinto y para una red eléctrica muy distinta de la actual. Su
futuro dependerá de la capacidad de los operadores, las
administraciones y los responsables políticos para ir más allá de
ese legado. Las presas que sigan siendo útiles deberán ser más
flexibles, estar mejor supervisadas y funcionar con mayor respeto
hacia los ríos que las rodean. Aquellas que ya no justifiquen su
existencia quizá aporten un beneficio mayor al permitir que el agua
vuelva a fluir libremente.
Imagen: https://unsplash.com/photos/waterfall-flowing-over-a-man-made-dam-n1Tg-6DNLh4
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