El
coste ambiental oculto de la inteligencia artificial
Cada vez que alguien lanza una consulta a ChatGPT, Gemini o Claude,
en algún punto del planeta un servidor se calienta, un sistema de
refrigeración consume agua y una central eléctrica quema
combustible. La inteligencia artificial parece etérea, pero su
infraestructura es muy física, y su factura ambiental crece a un
ritmo que pocos sectores pueden igualar.
Antes de pasar a las cifras, conviene situar el contexto. La
inteligencia artificial ya ha penetrado en los ámbitos más diversos,
incluido el sector de las apuestas: muchas casas utilizan IA para
calcular cuotas, analizar partidos y elaborar pronósticos. Aun así,
siguen existiendo operadores donde el análisis lo realizan personas
reales, como Parimatch, que cuenta con una aplicación móvil oficial
para registrarse y gestionar apuestas desde el smartphone, tal como
se detalla en
Legalbet.kz.
Sin embargo, detrás de cada consulta a un servicio de IA, a
diferencia del trabajo de un analista humano, hay centros de datos
invisibles para el usuario final. Esa invisibilidad es precisamente
lo que dificulta entender la magnitud real del impacto de la IA
sobre el medio ambiente.
El agua: el recurso que casi nadie ve consumir
Los servidores generan tanto calor que necesitan refrigeración
constante. Y buena parte de esa refrigeración se hace con agua
dulce.
Cuánto agua consume realmente la IA
Las cifras impresionan. Según el Lawrence Berkeley National
Laboratory, los centros de datos de Estados Unidos consumieron
directamente cerca de 64 mil millones de litros de agua en 2023, y
se prevé que esta cifra se duplique o incluso cuadruplique para
2028. A escala global, la Agencia Internacional de la Energía estimó
el consumo en 560 mil millones de litros durante ese mismo año.
A nivel de empresa, el panorama no es menos elocuente. Google
declaró 6,1 mil millones de galones consumidos por sus centros de
datos en 2024, frente a los 4,3 mil millones de 2021. Su instalación
más sedienta, en Council Bluffs (Iowa), bebió cerca de 1.000
millones de galones en un solo año. Un centro de Meta en el condado
de Newton (Georgia) gasta alrededor de 500.000 galones diarios, en
torno al 10% del suministro total del condado.
El problema no está solo en el volumen, sino en el lugar
Muchos centros se ubican en regiones ya castigadas por la sequía:
Arizona, Texas, el oeste de EE. UU. Solo los centros de datos
texanos consumieron más de 50 mil millones de galones de agua en
2024. Cerca del 80% del agua utilizada para refrigeración se evapora
y no regresa al ciclo hídrico local. El resto se devuelve más
caliente y con mayor concentración de sales, lo que afecta a la
fauna acuática y a la calidad del agua potable.
Electricidad y emisiones
La IA no solo bebe agua, también devora electricidad. Y eso se
traduce directamente en CO₂.
El salto del consumo energético
En 2024 los centros de datos consumieron alrededor de 415 TWh,
aproximadamente el 1,5% del consumo eléctrico mundial. La AIE
proyecta que para 2030 esta cifra superará los 945 TWh, equivalente
al consumo eléctrico actual de Japón. El principal motor de ese
crecimiento será precisamente la IA: su peso en la carga de los
centros de datos pasará del 5–15% actual al 35–50% al final de la
década.
En Estados Unidos, los centros de datos ya representaban más del 4%
del consumo nacional de electricidad en 2023, generando más de 105
millones de toneladas de CO₂ equivalente. La intensidad de carbono
de esa electricidad es un 48% superior a la media del país, ya que
muchos centros se encuentran en regiones cuya red sigue dependiendo
del carbón y el gas.
La energía limpia no llega a tiempo
Goldman Sachs Research calcula que el 60% de la nueva demanda
energética de los centros de datos se cubrirá quemando combustibles
fósiles, lo que añadirá unos 220 millones de toneladas de CO₂ a la
atmósfera. El investigador Alex de Vries-Gao estima que solo los
sistemas de IA podrían producir entre 32 y 80 millones de toneladas
de CO₂ en 2025.
Hardware: minería, residuos y obsolescencia rápida
La factura ambiental empieza mucho antes del primer chat con un
modelo.
Minerales críticos y daño en el origen
Las GPU dependen de tierras raras, cobalto, galio, germanio,
tungsteno y tantalio. Su extracción deja tras de sí residuos,
contaminación y, en algunos casos, restos radiactivos. La
fabricación de un chip requiere además enormes volúmenes de agua
ultrapura para enjuagar las obleas de silicio, lo que añade presión
sobre los recursos hídricos de países como Taiwán.
Los residuos electrónicos siguen creciendo
Un estudio publicado en
Nature Computational Science
proyecta que la IA generativa podría sumar entre 1,2 y 5 millones de
toneladas de residuos electrónicos antes de 2030. El mundo ya generó
62 millones de toneladas de e-waste en 2022, con una tasa de
reciclaje inferior al 25%. Solo el 1% de la demanda de tierras raras
se cubre mediante reciclaje. NVIDIA fabrica alrededor de 2 millones
de chips al año, y muchos quedan obsoletos antes de agotar su vida
útil técnica.
Qué se puede hacer (y qué deberías exigir como usuario)
Algunas líneas que ya están sobre la mesa y que conviene seguir de
cerca:
● Transparencia obligatoria: las
empresas deberían publicar datos de electricidad, agua y emisiones
por cada centro de datos, no en cifras agregadas.
● Priorizar centros con
refrigeración por aire o con agua reciclada en regiones sin estrés
hídrico. Google asegura que más del 25% de sus campus funciona con
agua no potable.
● Elegir el modelo según la
tarea. Una consulta a GPT-4o gasta unos 0,3 Wh, mientras que un
modelo de razonamiento como o3 puede superar los 33 Wh. La
diferencia es tangible.
● Reciclar hardware y prolongar
la vida de las GPU mediante reacondicionamiento, no solo
sustitución.
● Regular la ubicación de nuevos
centros de datos, sobre todo en regiones con sequía estructural.
La IA es una herramienta potente y ha llegado para quedarse. Pero su
huella ambiental ya es comparable a la de industrias enteras.
Conocer estas cifras es el primer paso para presionar a las
empresas, elegir con criterio qué modelos usar y entender que detrás
de cada interacción en pantalla hay un coste físico muy real.
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