Darwin,
la clave de la evolución
El descubridor de la selección natural
El viaje del naturalista británico en el Beagle en 1825
revolucionó el pensamiento y la ciencia natural

Charles Robert Darwin - (1809-1882)
Darwin fue un científico británico, que sentó las bases de la
teoría de la evolución con su concepto del desarrollo de todas las
formas de vida a través del proceso lento de la selección natural.
Su trabajo tuvo una influencia decisiva sobre las ciencias de la
vida y de la tierra, y sobre el pensamiento moderno en general.
Nació en Shrewshury, Shropshire, Inglaterra, Darwin fue el quinto
hijo de una familia inglesa rica y sofisticada. Después de
graduarse de la escuela en Shrewsbury en 1825, Darwin fue a la
universidad de Edinburgh a estudiar medicina. En 1827 se salió y
entró a la universidad de Cambridge para preparándose para
convertirse un ministro de la iglesia de Inglaterra. Allí conoció
a dos figuras: el geólogo Adam Sedgwick, y el naturista John
Stevens Henslow. Henslow no solamente le ayudó a ganar más
confianza en sí mismo, sino que también enseñó a su alumno a ser
un observador meticuloso y cuidadoso de los fenómenos naturales y
a ser un coleccionista de especímenes. Después de graduarse de
Cambridge en 1831, Darwin de 22 años fue invitado a bordo del
barco inglés de investigación HMS Beagle, por la amplia
recomendación de Henslow, como un naturalista sin pago en una
expedición científica alrededor del mundo.
El viaje de Darwin
Por Julio Arrieta / IDEAL /WASTE MAGAZINE
Para Charles Robert Darwin el 27 de diciembre de 1831 fue «el día
de mi auténtico nacimiento», a pesar de que entonces contaba 21
años. El científico más influyente de la Historia vino al mundo el
12 de febrero de 1809, hace ya dos siglos, pero en su madurez
concluyó que su 'vida real' había empezado el día en que zarpó
como naturalista «sin derecho a paga» a bordo del 'Beagle', un
bergantín de 10 cañones al mando del capitán Robert FitzRoy, que
se hizo a la mar desde el puerto de Plymouth con la misión de
cartografiar las costas de Patagonia, Tierra de Fuego, Chile y
Perú, además de realizar numerosas pruebas cronométricas.
El Darwin recién embarcado y aquejado de terribles mareos estaba
muy lejos de ofrecer la imagen de sabio anciano de larga barba
blanca, venerable padre de la teoría de la evolución por la
selección natural, con la que se le identifica hoy. Entonces era
sólo un joven naturalista aficionado, nacido en una familia de
prósperos médicos rurales, que había aceptado a regañadientes
cursar la carrera en la que habían triunfado su abuelo Erasmus y
su padre, Robert. Puesto que era evidente que no iba a ejercer la
medicina, su padre le convenció para que se formara como clérigo,
un oficio que le permitiría pasear a gusto por el campo. Como
primer paso, se matriculó en el Christ's College de Cambridge,
donde leyó la 'Teología Natural' de William Paley y dependió de la
tutela informal del botánico, geólogo y reverendo John Steven
Henslow.
Mientras esperaba para iniciar estudios de Teología, Darwin
recibió una carta de Henslow en la que le hablaba de la expedición
del 'Beagle' y le animaba a embarcarse. Al principio, el padre del
joven estudiante se opuso a la idea, pero no tuvo más remedio que
dar su bendición y costear el viaje.
Un marino ilustrado
El mando del 'Beagle' estaba a cargo del capitán Robert FitzRoy,
de 24 años, un oficial severo, estricto y de carácter reflexivo y
reservado, pero culto e inteligente. La leyenda lo ha transformado
poco menos que en un ogro, pero en realidad era un marino
ilustrado que diseñó un nuevo tipo de barómetro y fue pionero en
la publicación de pronósticos y mapas del tiempo en la prensa
diaria. Darwin quedó vivamente impresionado por la personalidad
del aristocrático oficial, al que definió como «mi ideal perfecto
de capitán».
En 1831 el naturalista era un creyente que no tenía dudas acerca
de la veracidad de la Biblia y que veía en el diseño de la
naturaleza la prueba de la presencia de Dios. Su relación con
FitzRoy, también creyente y 'fijista', pasó por momentos de
tensión, pero por motivos ajenos a la biología: FitzRoy era
partidario de la esclavitud y Darwin abominaba de ella, por lo que
las discusiones entre ambos sobre la cuestión fueron frecuentes.
A su regreso, Darwin publicó el 'Diario del viaje de un
naturalista alrededor del mundo' (1839. Espasa Clásicos 2008) como
volumen complementario de los tomos sobre la expedición escritos
por FitzRoy. El libro del científico tuvo tanto éxito que se
reeditó como obra independiente.
Darwin había llevado un diario durante el viaje, pero no concluyó
la preparación del texto para su edición hasta un año después de
su regreso. En el original, el autor anota todo tipo de opiniones
personales más o menos espontáneas, desde los mareos que sufre a
los sermones que le han resultado aburridos cuando acude a la
iglesia. La versión definitiva, que terminó hacia el 20 de junio
de 1837, fecha de ascensión al trono de la reina Victoria, es
mucho más formal, pero no deja de ser todo un libro de aventuras.
Observador minucioso
En su 'Diario', Darwin se muestra como un viajero extremadamente
observador, que lo anota y mide todo. Por ejemplo, en Cabo Verde
se entretiene con un pulpo, cuyas evoluciones examina en un charco
de agua marina: «Mucho me divirtieron los varios artificios
empleados para hacerse invisible por un individuo (el pulpo), que
parecía saber perfectamente que le estaba observando». Obviamente,
la naturaleza en todas sus manifestaciones es su principal objeto
de atención y la obra recoge una cantidad asombrosa de
descripciones de especies. Pero el libro también está repleto de
observaciones antropológicas.
La esclavitud es una cuestión a la que da mucha importancia. En
Brasil, Darwin se adentra en el interior acompañando a un
hacendado inglés. La expedición pasa por los restos de un poblado
de esclavos fugitivos. «Con el tiempo fueron descubiertos. Todos
fueron hechos prisioneros, excepto una vieja, que antes de volver
a la esclavitud, prefirió arrojarse a un precipicio desde lo alto
de una montaña, y quedó hecha pedazos. En una matrona romana, este
rasgo se hubiera llamado el noble amor a la libertad; en una pobre
negra, se califica de brutal obstinación». El trato inhumano que
reciben los esclavos despierta su indignación y las conclusiones
del libro incluyen un furibundo alegato antiesclavista. «Doy
gracias a Dios porque nunca he de volver a visitar un país de
esclavos -escribe-. Hace hervir la sangre y estremecer el corazón
pensar que nosotros los ingleses, y nuestros descendientes de
América, en medio de nuestros jactanciosos alardes de libertad,
hemos sido y somos tan culpables».
En Maldonado (Uruguay) le sorprende la gran incultura de la gente,
incluida la de los ricos hacendados. Les asombra que sea capaz de
orientarse con una brújula. «Si grande fue su sorpresa, no fue
menos la mía al descubrir tanta ignorancia entre personas que
poseían millares de vacas y estancias de considerable extensión».
Y más adelante, anota: «Me preguntaron qué era lo que se movía, si
la Tierra o el Sol, y si en el Norte hacía más calor o más frío;
dónde estaba España, y otras cosas por el estilo». Sus
observaciones no son nada amables cuando se refieren a ciertos
individuos.
Sobre las tropas al mando del general argentino Juan Manuel de
Rosas, se inclina «a creer que jamás se reclutó en el pasado un
ejército semejante de villanos seudobandidos. La mayor parte de
los soldados eran mestizos de negro, indio y español».
Pero Darwin sabe disfrutar de los buenos momentos. Al llegar a
Chile desde Tierra del Fuego, cuyo paisaje encuentra desolador,
escribe: «¡Qué influencia tan poderosa ejerce el clima en la
alegría de vivir! ¡Cuán contrarias eran las sensaciones
experimentadas al ver las negras montañas del Sur medio envueltas
en nubes, a las que ahora producían las nuevas alturas
proyectándose sobre el azulado cielo de un brillante día! Unas,
por un tiempo, pueden ser realmente sublimes; otras son todo
alegría y vida».
Como parte de su trabajo geológico, pero también por azar, Darwin
tiene la oportunidad de contemplar varias erupciones volcánicas y
hasta sufre un terremoto en Valdivia (Chile), «el más terrible de
cuantos han visto los habitantes más ancianos. Por casualidad me
hallaba en tierra tendido en el bosque descansando, cuando ocurrió
el horroroso cataclismo. Se presentó de repente, y duró dos
minutos, que se hicieron larguísimos. La oscilación del suelo fue
muy sensible». Como buen científico, anota la dirección de los
temblores. «En el interior del bosque fue sin duda un fenómeno
interesante, pero de ningún modo terrorífico», concluye.
Los célebres pinzones
En el diario no faltan las referencias a los célebres pinzones de
las Islas Galápagos, que en la mitología darwiniana interpretan el
papel que juega la manzana en la historia de Newton. «Nunca pude
figurarme que unas islas separadas por 50 ó 60 millas de
distancia, y la mayor parte a la vista unas de otras, formadas
precisamente de las mismas rocas, gozando de un clima idéntico, y
que se levantan casi a la misma altura, estuvieron pobladas por
seres orgánicos diferentes», apunta.
Durante los cinco años que duró el viaje, Darwin empaquetó
toneladas de material que remitió a Londres. Los miles de
especímenes recogidos supusieron años de trabajo de clasificación
para los naturalistas del Museo Británico. A los 27 años había
acumulado más experiencia y conocimiento que la mayoría de sus
coetáneos durante toda su vida. De vuelta en Inglaterra, Darwin
llevó una tranquila vida rural consagrada al estudio durante 40
años.
'El origen de las especies'
El 'Beagle' llegó a puerto el 2 de octubre de 1836. Darwin
desembarcó sin haberse planteado todavía ninguna teoría evolutiva,
pero con la cabeza llena de datos y preguntas. Mientras explicaba
a los amigos que trabajaba «en un proyecto a largo plazo»,
acumulaba notas y redactaba borradores, uno de los cuales completó
en 1842. En julio de ese mismo año su 'borrador' ya había
alcanzado las proporciones de un ensayo de 230 páginas. Pero el
tiempo pasaba y a pesar de las presiones de conocidos y colegas su
gran libro sobre el tema estaba por llegar.
Darwin no contaba con que otros expertos trabajaban en el mismo
campo. Alfred Russell Wallace había desarrollado por su cuenta una
teoría idéntica de la evolución por selección natural y adelantó
parte de sus ideas en un artículo de 1855. La aparición de este
texto preocupó a los amigos de Darwin, que estaban al tanto de sus
investigaciones. Pero el naturalista prefirió seguir investigando
a su ritmo en su semi-retiro rural en el condado de Kent. En 1858
Wallace escribió 'Sobre la tendencia de las especies a desviarse
indefinidamente del tipo original'. Wallace remitió una copia a
Darwin porque pensaba que era la única persona preparada para
entenderle y que además podía facilitarle la publicación del
texto. Según sus biógrafos, Darwin fue presa del pánico tras la
lectura del ensayo. «Sus avisos de que alguien se me adelantaría
se han hecho realidad con creces», escribió a Sir Charles Lyell.
Darwin no tuvo más remedio que apresurarse y aceleró su ritmo de
trabajo. 'El origen de las especies mediante selección natural, o
la preservación de las razas favorecidas en la lucha por la vida'
se publicó el 24 de noviembre de 1859. La densidad del texto, nada
ligero ni siquiera para el lector formado en cuestiones de
biología, hizo temer al autor que pasara desapercibido. Sin
embargo, los 1.250 ejemplares de la primera tirada fueron vendidos
el primer día.
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